sábado, 9 de agosto de 2008

Enseñar es aprender

Yo realice mis estudios superiores en la Universidad Autónoma Metropolitana. Después de una corta indecisión sobre la carrera a la que me iba a dedicar, pues estaba entre Literatura o Lingüística, opté por la Lingüística. Por entonces pensaba que posiblemente al salir de la universidad me iba a dedicar a las investigaciones lingüísticas. En esa etapa nunca pensé en trabajar como maestra. Al concluir la licenciatura, mi necesidad inmediata (sobre todo, económica) fue trabajar momentáneamente en algo relacionado con la carrera. Aquí haré un breve paréntesis. En esta decisión de ejercer la docencia influyó un aspecto real y de mucho peso: la necesidad económica.

Por entonces me entero de la publicación de una convocatoria para trabajar dando clases en el Colegio de Bachilleres. Me registro y comienzo a trabajar en la docencia. En esta institución existe un programa permanente de actualización que es de mucha utilidad cuando no sabemos qué hacer en el salón de clase. Cuando empecé a trabajar en esto, me encontré con la feliz noticia de que me gustaba hacer lo que tenía que hacer: dar clases. Fue entonces que empecé a recordar mi vida de estudiante en la universidad y de que me gustaba preparar las clases, y presentar material para la exposición. Y dando clases, me volví a reencontrar nuevamente con ese gusto que en algún momento experimente en la universidad. Pero no todo quedo ahí. El dar clases me confrontó conmigo misma, con mis propias limitaciones (que aún sigo experimentado el día de hoy) y en colocar en su justa dimensión mis propias aptitudes y capacidades para la docencia. Fue un enfrentarme conmigo misma de otra forma, en volver a ver mi propia identidad desde otro ángulo, en percibirme con limitaciones reales pero con ciertas capacidades potenciales. Hoy en día este proceso de reencuentro con mi ser se sigue dando, y es precisamente este proceso el que me motiva a permanecer en esta actividad.

De esta manera, después de salir de la universidad veo cambiado completamente el rumbo de mi vida. De desempeñar un trabajo burocrático cuando era estudiante, me veo repentinamente en una situación en la que continuamente me enfrento a distintos retos. Fue así que empecé a trabajar para el Colegio de Bachilleres. Actualmente, me percibo una persona distinta de cuando comencé a dar clases, pues al principio me angustiaba. Ahora me siento muy bien en mi rol de maestra. Aun cuando a mí me gustaría dar clases amenas y ligeras, no creo que lo consiga, pues mi carácter y mi personalidad lo dificultan. Sin embargo, sí me gusta trabajar con los muchachos. Me siento bien entre ellos, me contagian su alegría, su modo simplista de afrontar la vida y de ver con ojos benignos el mundo complicado de los adultos. Ellos tienen siempre a la mano una solución, son desparpajados y les aburre la seriedad. Se ríen con facilidad, pero comprenden hondamente a quienes padecen. Son rebeldes y se siente en ellos la plenitud de la vida. Así veo a los jóvenes y por eso me siento bien de estar entre ellos. Otra parte satisfactoria en mi ser de maestra es el desarrollo de mis habilidades para dar clases. Después de cinco años de trabajo domino mejor los temas de mi asignatura; además, he adquirido mayor sensibilidad para conducir a los jóvenes. Y la parte que no me gusta de esta profesión es que éste es un trabajo desvalorizado en todos los aspectos, sobre todo ahora que estamos viviendo en tiempos de globalización y neoliberalismo.

1 comentario:

Angelus dijo...

Hombre Catalina, pero qué insistencia la tuya en suponer que tu caracter pudiera ser una limitante para hacer más amenas tus clases; apuesto que tus alumnos te visualizan de manera diferente ¿Les has preguntado?
Ambas somos metropolitanas (UAM) y encontrarte en el civerespacio fue muy placentero. Un saludo afectuoso.