El punto sobre el que quiero centrar esta intervención es sobre el tema de la identidad profesional; o, en otras palabras, lo que para los que damos clases significa ser maestro o maestra. Esteve nos dice que básicamente podemos ejercer la docencia de dos maneras: una es la de estar comprometidos con nuestra profesión y la otra es la de dejar de lado este compromiso. Desde mi punto de vista, creo que la identidad profesional es algo dinámico, que se va transformando según el grado de involucramiento que deseamos tener con nuestra labor. Pongo un ejemplo. Yo me considero de carácter serio y reservado. Esto a veces me ayuda o me perjudica. A veces al entrar y contactar con mis alumnos, me doy cuenta que en general el ambiente es relajado, que los muchachos quieren escuchar de mi parte algo que los haga sonreír, o bien que necesitan un momento de “relax dialógico”. Sin embargo, yo no soy muy buena para las bromas o los chistes. Pero creo que esta limitación mía podría ser sustituida por estrategias que me permitan conectarme empáticamente con mis alumnos. Si me preguntaran en este momento en qué clase de estrategias estoy pensando, diría que contar un chiste —o algo semejante— en tales momentos podría ser apropiado. Así, pues, la identidad profesional es algo que nosotros, los maestros, podemos ir moldeando, ajustando o modificando según las circunstancias.
Pienso que otra cosa importante que influye o continua influyendo en la formación —o deformación— de nuestra identidad profesional es la experiencia dejada por los profesores que nos dieron clase cuando nosotros éramos alumnos. Yo, por ejemplo, recuerdo mucho a un maestro que siempre pretendió desarrollar en nosotros una mente reflexiva y crítica de nuestro entorno; pero nunca supo cómo hacerlo. Siempre nos dejaba hacer reportes de lecturas (interesantes, por cierto), pero no nos decía cómo hacerlos. Meditar sobre estas cuestiones nos lleva a preguntarnos continuamente acerca de cuál es el sentido que guía nuestra actividad profesional.
En suma, ser maestro conlleva una gran responsabilidad. Primero con nosotros mismos, y después con quienes nos involucramos al desarrollar nuestra labor; tiene que ver, primeramente, en responder -----mientras más claro sea, mejor---- por qué dar clases, por qué ser maestro, y en segundo lugar qué queremos lograr con los alumnos, hacia dónde dirigimos nuestros esfuerzos. Sin darle este significado a nuestro quehacer docente, difícilmente resolveremos los conflictos que conlleva realizar una profesión de tal naturaleza. Por cierto que uno de ellos, sin duda alguna, es el relacionado con el aspecto económico. Ningún trabajo tan peor castigado que éste. Los que trabajamos en esto lo sabemos. Ésta es una realidad abrumadora y de la que por ningún lado se habla. Si se habla de excelencia académica, pero no de la dignificación económica del trabajo docente. Pienso que esto es una parte sustantiva que falta atender. A pesar de todo ello, creo que es una actividad muy noble. Nos enfrenta a nosotros mismos y nos enfrenta a los demás, en el buen sentido de la palabra. Considero, junto con Esteve, que el gran orgullo de ser profesor es hacer comprensible el poder del conocimiento y del saber para uno mismo y para quienes nos rodean; también es ser forjadores de mujeres y hombres que sientan y piensen la realidad en la que vivimos. En conclusión, resignificar la experiencia docente es para mí sentirse a gusto dando clases, ser humilde para guiar a un grupo, sentir deseos de mejorar la comunicación con los demás, ser critico de lo que se hace, querer incorporar nuevos conocimientos a nuestra práctica y saber qué es lo que nos proponemos al estar dentro del oficio de enseñar.
Pienso que otra cosa importante que influye o continua influyendo en la formación —o deformación— de nuestra identidad profesional es la experiencia dejada por los profesores que nos dieron clase cuando nosotros éramos alumnos. Yo, por ejemplo, recuerdo mucho a un maestro que siempre pretendió desarrollar en nosotros una mente reflexiva y crítica de nuestro entorno; pero nunca supo cómo hacerlo. Siempre nos dejaba hacer reportes de lecturas (interesantes, por cierto), pero no nos decía cómo hacerlos. Meditar sobre estas cuestiones nos lleva a preguntarnos continuamente acerca de cuál es el sentido que guía nuestra actividad profesional.
En suma, ser maestro conlleva una gran responsabilidad. Primero con nosotros mismos, y después con quienes nos involucramos al desarrollar nuestra labor; tiene que ver, primeramente, en responder -----mientras más claro sea, mejor---- por qué dar clases, por qué ser maestro, y en segundo lugar qué queremos lograr con los alumnos, hacia dónde dirigimos nuestros esfuerzos. Sin darle este significado a nuestro quehacer docente, difícilmente resolveremos los conflictos que conlleva realizar una profesión de tal naturaleza. Por cierto que uno de ellos, sin duda alguna, es el relacionado con el aspecto económico. Ningún trabajo tan peor castigado que éste. Los que trabajamos en esto lo sabemos. Ésta es una realidad abrumadora y de la que por ningún lado se habla. Si se habla de excelencia académica, pero no de la dignificación económica del trabajo docente. Pienso que esto es una parte sustantiva que falta atender. A pesar de todo ello, creo que es una actividad muy noble. Nos enfrenta a nosotros mismos y nos enfrenta a los demás, en el buen sentido de la palabra. Considero, junto con Esteve, que el gran orgullo de ser profesor es hacer comprensible el poder del conocimiento y del saber para uno mismo y para quienes nos rodean; también es ser forjadores de mujeres y hombres que sientan y piensen la realidad en la que vivimos. En conclusión, resignificar la experiencia docente es para mí sentirse a gusto dando clases, ser humilde para guiar a un grupo, sentir deseos de mejorar la comunicación con los demás, ser critico de lo que se hace, querer incorporar nuevos conocimientos a nuestra práctica y saber qué es lo que nos proponemos al estar dentro del oficio de enseñar.
1 comentario:
Gusto en saludarte, Catalina Hernández Rubio. Al leer tu biografía profesional, parece estar revisando el camino que han recorrido algunos compañeros, quienes llegan a la docencia como una opción más de trabajo, o bien, quienes la necesidad económica nos impulsa a tomar la carrera magisterial como opción salvadora.
Por otra parte, hoy día existe una gran tendencia a nivel internacional, es la formación por competencias, una forma de educación que pretende vincular al egresado, desde el bachillerato, con el mercado laboral. Vamos a observar cómo se desarrolla esta Reforma Integral para la Enseñanza Media Superior, y si florece dicha formación tanto en los alumnos, como en los docentes. Recibe un cordial saludo, Escárcega.
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